
Durante muchos años, José Atilio creyó que ser un buen técnico dental significaba aceptar cualquier trabajo que llegara al laboratorio. Prótesis, restauraciones, estética… no importaba el tipo de caso; su compromiso era resolverlo. Trabajaba sin descanso convencido de que esa era la fórmula del éxito.
Sin embargo, una experiencia que puso en riesgo su vida cambiaría por completo su manera de entender la profesión. Hoy, tras casi tres décadas de trayectoria, dirige Meraki Laboratorio Dental, un laboratorio especializado en carillas cerámicas, donde la precisión, la estética y la pasión por el detalle se han convertido en su sello distintivo.
En entrevista, comparte el camino que lo llevó a transformar no solo su carrera, sino también su forma de vivir.
Después de tantos años de trayectoria, ¿cómo recuerdas tus inicios como técnico dental?
Comencé en 1998 y, como muchos colegas, hacía prácticamente de todo. Pensaba que un buen laboratorio debía aceptar cualquier trabajo y responder a todas las necesidades. Creía que mientras más trabajara y más casos atendiera, más exitoso sería. Con el tiempo entendí que la excelencia no se alcanza haciendo muchas cosas, sino haciendo muy bien aquello que realmente te apasiona. Fue entonces cuando decidí cambiar el rumbo de mi carrera.
¿Por qué decidiste llamarlo Meraki? Porque esa palabra resume exactamente la forma en que entiendo mi trabajo. «Meraki» proviene del griego y significa hacer las cosas con amor, creatividad y generosidad, dejando una parte de uno mismo en cada creación. Ese cambio también dio nombre a al laboratorio. Eso intento transmitir en cada restauración que sale del laboratorio.
Cada carilla representa horas de análisis, diseño y precisión. Más que fabricar una pieza, buscamos transformar una sonrisa y, muchas veces, devolverle a una persona la confianza para sonreír nuevamente.
¿Por qué decidiste dedicarte exclusivamente a las carillas? Porque entendí que la especialización permite alcanzar un nivel de calidad mucho mayor. Actualmente trabajo principalmente con sistemas de disilicato de litio, como Amber Press de Hass, una vitrocerámica de alta resistencia que permite elaborar carillas ultrafinas de entre 0.3 y 0.5 milímetros, preservando al máximo la estructura natural del diente. La tecnología facilita mucho el trabajo, pero nunca sustituirá el criterio, la experiencia y la sensibilidad del técnico dental.
Detrás de esa decisión también existe una historia profundamente personal. Hubo un momento en que tu salud estuvo en riesgo. ¿Qué ocurrió? Durante la pandemia de COVID-19 tenía una enorme cantidad de trabajo ya pagado por mis clientes. Sentía una responsabilidad inmensa por cumplir con cada entrega y prácticamente dejé de dormir.
Pensaba que estaba siendo profesional, pero en realidad estaba llevando mi cuerpo al límite. El agotamiento físico y mental terminó afectando mi organismo. Mis neurotransmisores dejaron de funcionar correctamente y colapsé. Estuve muy cerca de perder la vida. Fue un momento que me obligó a replantear absolutamente todo.
Después de aquella experiencia, la prioridad dejó de ser producir más para comenzar a trabajar mejor. ¿Qué enseñanza le dejó ese episodio? Aprendí que ningún ingreso económico vale más que la salud. También comprendí que muchas veces somos nosotros mismos quienes generamos una presión innecesaria. Cuando un trabajo ya está pagado, sentimos la obligación de entregarlo de inmediato y, si no sabemos administrar esa responsabilidad, terminamos descuidándonos. Hoy sé que ningún compromiso profesional justifica poner en riesgo el bienestar personal.
La búsqueda constante de perfeccionamiento llevó a José Atilio a formarse con algunos de los principales referentes internacionales en odontología estética. ¿Qué figuras marcaron tu desarrollo profesional? Las enseñanzas del doctor Michael Apa ampliaron mi visión sobre el diseño de sonrisa y la odontología estética. También fue fundamental mi formación en el Osaka Ceramic Training Center (OCTC), donde tuve la oportunidad de aprender de maestros como Nondas Vlachopoulos y Beysson S. Márquez.
Me entusiasma que actualmente OCTC tenga presencia oficial en México a través de ISMA Dental, en Torreón, Coahuila, bajo la dirección de Francisco Barajas. Eso permite que muchos técnicos dentales puedan acceder a capacitación de nivel internacional sin salir del país.
Con la experiencia llegó también una nueva vocación: enseñar. ¿Qué representa para ti impartir cursos? Nunca dejamos de aprender. Dar clases no consiste únicamente en explicar una técnica. Significa compartir una forma de pensar, demostrar que la excelencia nace de la disciplina, de la práctica constante y del compromiso con uno mismo.
Si alguien puede evitar los errores que yo cometí gracias a mi experiencia, entonces enseñar tiene un enorme valor.
Después de casi treinta años de carrera, José Atilio está convencido de que la verdadera transformación profesional comienza mucho antes de entrar al laboratorio. ¿Cuál es el mensaje que le gustaría transmitir a otros profesionales? Que siempre existe la posibilidad de reinventarse. No importa la etapa de la vida en la que nos encontremos ni la profesión que ejerzamos. Todos podemos especializarnos, crecer y construir una mejor versión de nosotros mismos.
Yo encontré ese camino cuando entendí que el éxito no consiste en trabajar más horas, sino en trabajar con propósito. Poner el corazón en cada detalle. Trabajar con amor, creatividad y generosidad. Porque, al final, las mejores transformaciones no comienzan en una sonrisa, sino en la decisión de cambiar nuestra propia vida.
